LA BRÚJULA MORAL DEL PATRIARCADO
El Gobierno que se autoproclama “el más feminista de la historia” se prepara para recibir con honores al Papa León XIV. El mismo Gobierno que afirma defender la igualdad de las mujeres, que ha convertido el feminismo en una de sus principales señas de identidad discursivas, agasaja ahora a quien representa una de las instituciones más antiguas, poderosas y persistentes del patriarcado mundial.
No se trata de una contradicción accidental. Es la consecuencia lógica de una política que ha demostrado una y otra vez que el feminismo es para este Gobierno un recurso retórico más que un compromiso real con la liberación de las mujeres.
Pedro Sánchez ha llegado a definir al Papa como una “brújula moral”. La frase merece ser examinada detenidamente. ¿Brújula moral para quién? ¿Desde qué concepción de la moral? ¿Y sobre qué fundamentos?
La Iglesia católica no es una institución neutral. No es una simple organización espiritual desvinculada de las relaciones de poder. Es una estructura construida históricamente sobre la autoridad masculina, gobernada exclusivamente por hombres y sostenida por una visión del mundo que ha situado a las mujeres en una posición subordinada durante siglos.
Desde una perspectiva feminista radical, resulta imposible ignorar que la religión ha desempeñado un papel fundamental en la legitimación del patriarcado. De hecho, podría afirmarse que la religión constituye el manual original del patriarcado: el gran relato que convirtió la subordinación femenina en mandato divino y transformó la dominación masculina en orden natural.
Durante siglos, la religión proporcionó al patriarcado algo que ningún sistema de poder puede mantener por sí solo: legitimidad. No bastaba con que los hombres ejercieran el poder; era necesario convencer a la sociedad de que ese poder era justo, inevitable e incluso sagrado. La religión cumplió esa función de manera extraordinariamente eficaz.
La subordinación de las mujeres dejó de ser una simple relación de poder para convertirse en voluntad divina. La obediencia femenina fue elevada a virtud. La maternidad fue convertida en destino. La autoridad masculina pasó a presentarse como reflejo del orden natural del universo.
El patriarcado no se mantiene únicamente mediante leyes, costumbres o coerción. Se mantiene porque consigue presentarse como algo bueno, razonable y moral. Se mantiene porque logra que la dominación parezca orden natural. Y pocas instituciones han contribuido tanto a esa operación histórica como las grandes religiones patriarcales.
Por eso la cuestión no es únicamente que el Papa visite España. La cuestión es qué significa que un Gobierno que se define como feminista celebre como referente moral a quien representa una de las estructuras patriarcales más influyentes de la historia.
Porque la visita del Papa al Congreso de los Diputados trasciende elámbito diplomático. No estamos hablando simplemente de la recepción de un jefe de Estado. Estamos hablando de la entrada, por la puerta grande de la principal institución representativaa de la soberanía popular, de quien encarna una organización que continúa excluyendo a las mujeres de sus estructuras de poder y que mantiene posiciones contrarias a derechos por los que las mujeres han luchado durante siglos.
La Iglesia católica sigue oponiéndose al derecho al aborto. Continúa rechazando el matrimonio entre personas del mismo sexo. Mantiene una concepción jerárquica de la autoridad religiosa en la que las mujeres siguen siendo excluidas de los espacios de decisión. Y, sin embargo, será recibida con honores por un Gobierno que pretende blindar el derecho al aborto y que se presenta internacionalmente como referente del progreso social.
La contradicción es tan evidente que casi resulta obscena.
Aunque quizá no debería sorprendernos.
Estamos hablando del mismo Gobierno que aprobó una legislación que eliminó la categoría jurídica de mujer basada en el exo y la sustituyó por una noción de identidad subjetiva. Un Gobierno que ha contribuido al borrado político y jurídico de las mujeres mientras afirmaba hacerlo en nombre de la igualdad y los derechos.
Cuando un Ejecutivo es capaz de desdibujar la propia categoría política sobre la que se construye el feminismo, resulta difícil creer que vaya a mostrar una oposición coherente a otras estructuras patriarcales.
Lo más revelador de esta visita no es, sin embargo, la presencia del Papa. Lo más revelador es el entusiasmo con el que es recibido por quienes afirman combatir el patriarcado.
Porque la verdadera fuerza de las instituciones patriarcales no reside únicamente en su capacidad para imponer normas. Reside en su capacidad para conservar prestigio, autoridad y reconocimiento incluso entre quienes aseguran cuestionarlas.
Mary Daly comprendió esta realidad con una claridad extraordinaria. Las religiones no solo gobiernan cuerpos; gobiernan imaginarios. No solo dictan normas; definen los límites de lo pensable. Enseñan quién puede representar la autoridad, quién tiene derecho a hablar en nombre de la moral y quién debe ocupar una posición subordinada.
El patriarcado más eficaz no es el que se impone únicamente mediante la fuerza. Es el que consigue presentarse como guía moral.
Quizá por eso la expresión “brújula moral” resulta tan reveladora. Porque señala hasta qué punto incluso quienes se proclaman feministas continúan buscando orientación en instituciones construidas sobre la autoridad masculina. En qué medida el prestigio simbólico de ciertas estructuras patriarcales permanece intacto aun en una época que presume de igualdad.
La cuestión no es únicamente que el Papa visite España. La cuestión es que un Gobierno que se presenta como feminista haya decidido rendir homenaje a una institución que durante siglos contribuyó a justificar la subordinación de las mujeres y que sigue negándose a cuestionar seriamente sus propios fundamentos patriarcales.
Y la respuesta es incómoda: significa que el feminismo institucional tiene límites muy claros cuando entra en conflicto con los centros tradicionales de poder.
Las mujeres no necesitamos brújulas morales diseñadas por el patriarcado. Necesitamos desmontar los sistemas que durante siglos han convertido nuestra subordinación en virtud y nuestra obediencia en mandato.
Porque ninguna sociedad puede llamarse verdaderamente igualitaria mientras siga otorgando autoridad moral a las instituciones que hicieron de la desigualdad entre hombres y mujeres un principio sagrado.