La dependencia no puede seguir siendo el lugar donde el Estado desaparece y las mujeres aparecen.

Cuando faltan recursos públicos, alguien paga la factura. Y demasiadas veces son las mujeres: madres, parejas, hijas y trabajadoras precarizadas.

Pero hay otra cuestión que tampoco podemos ignorar: las personas con discapacidad no somos objetos de cuidados ni una carga familiar. Somos ciudadanas con derechos, voz propia y capacidad para decidir sobre nuestra vida.

No queremos que nuestra autonomía dependa de la disponibilidad, el sacrificio o la buena voluntad de las mujeres que nos rodean. Queremos apoyos que nos permitan vivir como queremos, tomar decisiones, participar en nuestra comunidad y construir nuestro propio proyecto de vida.

Una política feminista radical exige:

1. Servicios públicos suficientes, para que ni las familias ni las personas con discapacidad sean abandonadas ante la falta de recursos.
2. Asistencia personal y apoyos individualizados, diseñados desde las necesidades y decisiones de cada persona, no desde un modelo que decide por ella.
3. Derecho efectivo a decidir sobre nuestra propia vida, incluyendo dónde vivir, con quién relacionarnos, cómo organizar nuestro tiempo y qué apoyos necesitamos.
4. Corresponsabilidad masculina real, porque las mujeres no pueden seguir sosteniendo aquello que el Estado y los hombres no asumen.
5. Trabajo de cuidados digno y profesionalizado, sin precarizar a otras mujeres para garantizar nuestros apoyos.
6. Administraciones responsables y fiscalizables, con financiación suficiente, inspección y consecuencias cuando los derechos no se cumplen.

No queremos ser cuidadas a cualquier precio. Queremos poder vivir.

No queremos que nuestra libertad dependa de una madre agotada, de una pareja sacrificada o de una hija que abandona su propia vida para atendernos.

Las personas con discapacidad no somos el problema que las familias tienen que resolver. Somos parte de la ciudadanía y tenemos derecho a exigir al Estado los medios materiales para vivir con autonomía.

Porque la dependencia puede describir una necesidad de apoyo. Nunca debe convertirse en una condena a la dependencia familiar.

Nuestra vida no puede organizarse alrededor del sacrificio de otras mujeres.
Nuestra autonomía no puede quedarse en una palabra bonita mientras nos niegan los recursos para realizarla.

MAR MOLPECERES