Durante las fiestas patronales de Benialí, en la Vall de Gallinera, cinco chicas de 14 años fueron agredidas por tres chicos de entre 16 y 17 años. Según los hechos difundido tras la agresión, los jóvenes comenzaron a increparlas después de saber que dos de las chicas eran pareja. Los insultos fueron explícitamente homófobos y lesbófobos, bolleras, mariconas junto a gritos de Viva Franco y Viva Vox. Después de las agresiones verbales insultos se produjo la agresión física.
Que los agresores sean también menores no hace que lo ocurrido sea menos grave. Tampoco convierte la agresión en una “ de chavales” que podamos minimizar. Precisamente por tratarse de adolescentes deberíamos preguntarnos qué está ocurriendo para que una chica pueda convertirse en objetivo de insultos y violencia simplemente por estar con su novia.
Pero también debemos preguntarnos qué consecuencias tiene una agresión así más allá de las cinco niñas que la han sufrido.
Porque la violencia lesbófoba no afecta únicamente a quienes son directamente agredidas. También transmite un mensaje a quienes la presencian.Mostrarse como lesbiana puede tener consecuencias y ese mensaje puede ser especialmente dañino durante la adolescencia.
A los 14 años se están construyendo las primeras relaciones afectivas, se está descubriendo la propia identidad y se está aprendiendo cómo relacionarse con los demás. Poder decir que te gusta una chica, hablar de tu novia, cogerla de la mano o darle un beso debería formar parte de esa experiencia sin que la orientación sexual determine el nivel de riesgo que estás asumiendo.
Sin embargo, cuando una adolescente presencia una agresión como esta, puede empezar a preguntarse si merece la pena mostrarse. Puede decidir no contar que tiene novia. Puede evitar determinados lugares. Puede dejar de expresar afecto en público. Puede ocultar una parte de su vida para evitar convertirse en el siguiente objetivo. Ahí aparece uno de los efectos más preocupantes de la lesbofobia: el miedo puede acabar produciendo ocultación.
La investigación sobre las experiencias de las lesbianas ha documentado que el temor a sufrir discriminación, acoso o violencia puede llevar a muchas a ocultar su orientación sexual y a limitar la forma en que expresan públicamente sus relaciones.
La desigualdad está ahí. Está en tener que calcular cuándo puedes mostrar afecto. En decidir delante de quién puedes decir que tienes novia. En pensar si puedes caminar de la mano con otra chica. En aprender que hay espacios en los que es mejor no significarse. Y precisamente por eso no podemos mirar hacia otro lado cuando se produce una agresión lesbófoba.
La respuesta no puede empezar y terminar con una condena pública cuando los hechos ya han sucedido. Tenemos que trabajar para que las adolescentes sepan que no están solas y que su entorno va a responder ante la lesbofobia.
Eso implica educación afectivo-sexual y coeducación desde edades tempranas. Implica que los centros educativos tengan herramientas para detectar y abordar la lesbofobia. Implica que las familias puedan acompañar a sus hijas sin prejuicios. Implica que las instituciones respondan con contundencia ante las agresiones. Y también implica algo tan sencillo, y a la vez tan importante, como no reír una broma lesbófoba, no normalizar un insulto y no permanecer en silencio cuando alguien está siendo señalado por su orientación sexual.
Porque la indiferencia también educa. Si una adolescente escucha un insulto lesbófobo y nadie responde, aprende algo.Si presencia una agresión y los adultos la minimizan, aprende algo. Si ve que dos chicas tienen que esconder su relación para evitar problemas, aprende algo.
Por eso necesitamos que el mensaje que reciban sea exactamente el contrario: no tienes que esconderte para estar segura, no tienes que renunciar a mostrar afecto, no tienes que volver al armario para evitar la violencia.
Lo ocurrido en Benialí debe servir también para recordar que los derechos LGB no se defienden únicamente cuando se legisla o cuando se celebran fechas señaladas. Se defienden en los institutos, en las calles, en las fiestas de los pueblos, en las familias y en todos aquellos espacios en los que una adolescente empieza a construir su vida.
Las cinco chicas agredidas merecen todo nuestro apoyo. Pero también merecen que aprendamos de lo ocurrido.