ADIÓS, ORGULLO, ADIÓS
Muchas de las personas de las que se reúnen cada año en las celebraciones del Pride probablemente se quedarían perplejas , incluso horrorizados, al descubrir que para multitud de lesbianas, gays, bisexuales, feministas , junio se ha convertido en un mes en el que lamentamos lo que el movimiento LG ha llegado a ser.
Por esa razón parece más importante que nunca volver la vista atrás, recordar las victorias pasadas y reconocer las décadas de trabajo comprometido que las hicieron posibles. Merece la pena recordar los logros arduamente conquistados, fruto de años de esfuerzo y sacrificio, que en otro tiempo justificaban auténticas celebraciones populares. Celebraciones alegres y sinceras en las que ninguna gran corporación, representante de fundaciones o político oportunista habría sido visto ni muerto.
En aquella época, el término «orgullo» todavía era fiel a sí mismo. Su significado estaba relacionado con la dignidad, el respeto por uno mismo y el honor. Era una respuesta a la vergüenza impuesta desde fuera, no una invitación al exhibicionismo. Todavía no se había transformado en una gigantesca plataforma de reivindicaciones identitarias donde la política queda desplazada por la autoexpresión permanente, ni en una cabalgata en la que prácticas sexuales, fetichismos y exhibiciones que pertenecen al ámbito privado son presentados como símbolos de liberación colectiva. Lo que una vez fue una demanda de igualdad y respeto se ha ido convirtiendo, para muchos, en una celebración del individualismo, la provocación y la espectacularización de la identidad.
Los obstáculos a los que se enfrentaban lesbianas y gays eran reales. La hostilidad social e institucional era activa y, en muchas ocasiones, feroz. Personas valientes tuvieron que dar un paso al frente, asumir riesgos considerables y afrontar esa tormenta en nombre de muchos otros.
Los desafíos eran reales, pero también lo fueron los éxitos. Y esos éxitos cambiaron la vida de todas y todos. La lucha por la igualdad de derechos, por la protección frente a la discriminación y por las libertades civiles constituía el núcleo de aquellas reivindicaciones.
Compárese todo ello con aquello que hoy se nos pide celebrar. Se nos insta a sentir orgullo por la desaparición de espacios exclusivos para mujeres; por el alojamiento conjunto de hombres con mujeres encarceladas; por la participación masculina en categorías deportivas femeninas; por la marginación y el acoso sufridos por mujeres y lesbianas como consecuencia de la idiologia de género; por los riesgos asociados a los bloqueadores de la pubertad; por intervenciones médicas y quirúrgicas incapaces de cumplir las expectativas que prometen; por el regreso de estereotipos dañinos sobre los roles de hombres y mujeres; y por la normalización de prácticas que convierten el cuerpo femenino en un recurso disponible para terceros.
Estos son sólo algunos de los logros por los que se supone que debemos sentir orgullo.
Podría argumentarse razonablemente que, una vez alcanzada la igualdad legal y las protecciones básicas que durante décadas se reclamaron, la bandera arcoíris debería haberse convertido simplemente en el símbolo de un momento concreto de la historia. El símbolo de una época en la que el progreso y la decencia humana prevalecieron. Entonces podría haberse retirado con elegancia, devuelta metafóricamente al cielo, donde seguiría apareciendo después de la lluvia para recordarnos lo que se logró.
Pero eso no fue lo que ocurrió.
Como un trabajador explotado al que han convencido para aceptar un contrato cada vez peor, la bandera del orgullo ha sido obligada a seguir sirviendo a una entidad ideológica y dogmática que la ha transformado tanto filosóficamente como en su propia apariencia. Lo que en otro tiempo era una bandera ligera, alegre y accesible, algo que podría haber adornado una heladería o un quiosco junto a la playa, se ha convertido en algo que muchos perciben como ominoso y distópico.
A veces desearía tener guardada en algún lugar una de aquellas viejas banderas arcoíris, desgastada por el paso de los años. Me gustaría sacarla, sacudir el polvo acumulado y ondearla a media asta en memoria de todas aquellas celebraciones pasadas; en memoria del dolor, del esfuerzo y de los éxitos alcanzados; en memoria de todas aquellas mujeres y hombres que dedicaron años de su vida a construir algo que creían duradero.
Creyeron, quizá ingenuamente, que lo conseguido ya no tenía marcha atrás.
Seguramente jamás imaginaron, ni siquiera en sus peores pesadillas, que aquello por lo que lucharon podría ser transformado hasta resultar irreconocible. Nunca habrían pensado que semejante apropiación y semejante traición podrían llevarse a cabo precisamente en nombre del mismo movimiento que construyeron y del que una vez se sintieron tan orgullosos.