CARTA ABIERTA A LA DIRECCIÓN DE RTVE Y AL MINISTERIO DE IGUALDAD

El pasado miércoles 3 de junio fue emitido en La 2 de RTVE y en horario de prime time, una nueva entrega de “El Juicio”, una suerte de reality show —según la RAE “programa de telerrealidad”— que, fiel al género, pretende aunar, a través de la representación de una vista judicial, entretenimiento, espectáculo y experiencias personales en un “formato vibrante y reflexivo sobre grandes temas sociales que afectan a la ciudadanía española”. Vamos, todo un dechado de genialidad. Los enunciados del “tema” escogido para la ocasión —¿Ha ido demasiado lejos el feminismo?, ¿El feminismo debe seguir avanzando?—, no dejaban espacio a la imaginación.

Diáfano ejemplo de preguntas tramposas y retóricas, el programa reunía a priori todos los ingredientes para convertirse en dos horas de amarillismo periodístico, banalidad, escarnio y algún que otro eructo fino, acaso disculpado en el fragor de la discusión.

Prácticamente dos horas de desinformacióny frivolización sobre la violencia machista y de subestimación de las graves desigualdades por razón de sexo que existen en nuestra democracia; dos horas, en fin, de confusión política, de desprecio a la inteligencia y a la capacidad de conceptualizar que es la forma más eficaz de dar pábulo al discurso patriarcal, a la misoginia y al antifeminismo más dañino.

Y, exactamente, eso fue lo que ocurrió. Lo extraño hubiera sido lo contrario: cuando en los media se busca espectáculo a costa de lo que sea, ya sabemos que el argumento, el rigor y la racionalidad quedan inevitablemente fuera del formato y, con ello, las posibilidad de hacer de la televisión un vehículo de formación y construcción de ciudadanía —aquel anhelo de antaño—. Y eso, no lo olvidemos, es particularmente grave y escandaloso cuando el medio perpetrador es un Ente público como RTVE.

Hace sólo 50 años que el cineasta Roberto Rossellini defendía que el deber moral de una televisión pública, estatal, debía ser la promoción de la cultura y de la educación:  sólo la televisión —escribía— puede ser aquella universidad popular que reclamaron hace tiempo, de manera un poco utópica, los programas de los partidos socialistas”. La memoria es tan frágil como pertinaz es el olvido.

No perderemos tiempo en valorar el inane, por pueril, modus operandi que propone de “El juicio”: la escenificación de un juego con las cartas marcadas conforma un escenario tan inverosímil como inadmisible. Nada fue en la emisión que nos ocupa, mínimamente creíble: ni la profesionalidad del personal en nómina, ni la competencia de las y los comparecientes, ni, por supuesto, la forzada espontaneidad y representatividad del jurado popular “compuesto por ciudadanos de a pie —según se dice en el programa y nótese el uso del masculino “genérico”— con opiniones encontradas sobre la materia”.

Para entender el objetivo que se perseguía en esta edición de “El juicio”, basta con leer la transcripción del parlamento con el que su presentador, José Luis Sastre, abrió la emisión del programa: “El 8M de 2018, marcó un antes y un después en la historia del feminismo en España. El 8M desbordó las calles y desde entonces ha habido grandes avances en igualdad. Desde entonces, nada ha sido igual: los últimos 8M el feminismo ha perdido capacidad de convocatoria, se ha desunido y, en 2024, cuando el CIS preguntó por la percepción de la gente por las políticas de igualdad el resultado fue que un 44% de los hombres y un 32% de las mujeres creen que las políticas de igualdad discriman a los hombres. Los lemas de las manis de 2018 siguen vigentes…, pero ¿debe seguir avanzando el feminismo? El juicio promete no solo tomar el pulso a una de las cuestiones más divisivas de la España actual, sino también reflejar la complejidad de un debate social que, lejos de cerrarse, sigue muy vivo en la calle.”

Como suele decirse: blanco y en botella. No es que el programa se les fuera de las manos; no es que el medio y el formato terminaran por embridar el mensaje impidiendo un final abierto… El condescendiente dictamen final no sólo terminó siendo el ya previsto y único posible —el feminismo debe seguir avanzando—, sino que escenificó con crudeza la profunda impostura de todo el reality: pese a las apariencias, la igualdad no era ni lo importante ni el objeto de análisis y atención, se trataba únicamente de dejar claro que aunque el feminismo se ha venido pasando varios pueblos no queda más remedio que tolerarlo. ¡Que para eso somos un país moderno, inclusivo, democrático y, por qué no, “feminista”! El problema, claro, es que ese viaje a ninguna parte se saldó con la emisión de dos horas de estupideces y falacias tabernarias sin tasa, por boca de opinadoras y opinadores llamados a representar un papel impostado, estereotipado y, muy a menudo, indigno, en la televisión pública y en horario de máxima audiencia. ¿Alguien puede pensar honestamente que con programas así se hace avanzar la causa del feminismo, se forma una ciudadanía más democrática?

¿En qué cabeza cabe que pueda someterse a debate público la igualdad entre los sexos, pues eso y no otra cosa es el feminismo? Con la que está cayendo, ¿cómo puede plantearse, en la televisión pública, el feminismo como una cuestión debatible y opinable, a favor y en contra, sin una labor previa e imprescindible de conceptualización sobre el asunto del que se está hablando? ¿Alguien puede imaginar que se hiciera un debate a favor y en contra del racismo, a favor y en contra del derecho a la educación, al trabajo o a la vivienda?

No se engañe nadie, con programas de este jaez no sólo estamos alimentando el antifeminismo más visceral e infantiloide, es que estamos reproduciendo lo que de forma general y cada vez más normalizada nos encontramos tanto en el espacio público como en el privado y, lo que es mucho peor, en las aulas de nuestras escuelas, institutos y universidades. A saber: que vivimos una guerra de sexos, que las mujeres demonizan a los hombres, que lo único que el feminismo busca es “dar la vuelta a la tortilla”, que esta es mi opinión y vale tanto como la tuya…, etc. Desde luego, con programas de este tipo, flaco servicio se está haciendo al profesorado que, contracorriente, trabaja y se compromete todos los días en su aula con la causa de la coeducación, tratando de construir argumentos, desmontando bulos y mentiras y categorizando con rigor los fundamentos de una ética laica y feminista; así lo manifestaba en RRSS, con toda razón, Laura Viñuela.

El Partido Feministas al Congreso (PFAC) condena con absoluta firmeza la emisión de programas como este en RTVE y exige al órgano competente que situaciones como esta no vuelvan a repetirse. Y por supuesto, al silente Ministerio de Igualdad, le exige que reaccione, que públicamente presente una queja ante el Ente radiotelevisivo y, en lo sucesivo, que vigile e impida custionamientos al feminismo y su agenda. De lo contrario el autoproclamado “Gobierno más feminista de la historia” continuará corroborando que no lo es.